Las máximas de un burro, fábula de Joaquín V. González

XXIV La armonía oculta*

Suspendida del gajo más robusto de un viejo algarrrobo, una enorme barra de metal, ennegrecida por los años, había quedado como único resto de un trapiche antiguo, y de la cual ignorados mineros acostumbraron servirse como campana para llamar a los obreros al trabajo, y a las creyentes a la oración.

Enfrente de la montaña misteriosa y terrible, que los indios llamaron Wama-Tinak , y de cuyas entrañas inagotables llevaron por siglos cargamentos de oro, plata y cobre a los tesoros del Inca y al sagrado Inti-Huasi del cuzco, aquellas ruinas informes sólo atestiguaban ahora la fragilidad de las empresas del hombre, ante las fuerzas incontrarrestables de la naturaleza.

Sólo un núcleo de animales salvajes congregábanse a la siesta y a la noche bajo el reparo propicio del árbol centenario y el miedo y la curiosidad, sobre el origen y objeto de aquella rara reliquia.

– Dicen que es de oro puro,- sugirió un Zorro anciano, lleno de mañas y malicias, – y ha sido puesta por Mandiga para cazar a los avarientos que vengan a llevársela.

– Yo he oído allá, en aquel rancho, – intervino un León ya caduco y desgrifado, – que tiene brujería, y que, cuando alguien la haga sonar será para anunciar el fin del mundo.

– Nada de eso es verdad, – terció un Asno semi-salvaje con ingénita presciencia; – lo único cierto es que en ese trozo de metal está escondida una música deliciosa que sólo será oída cuando los animales y los hombres sean capaces de juntarse para trabajar las minas, reedificar los caseríos derrumbados y cultivar las tierras secas y agrietadas por el abandono y la discordia, que las han despoblado y muerto.

en ver del fin del mundo,- siguió hablando como inspirado por un dios interior, – su sonido anunciará el principio de un tiempo nuevo y más feliz que éste en que vivimos y en el cual ya no quedan sino escombros de las obras humanas; hiel de odio en vez de resinas dulces y olorosas destilan los árboles; los pájaros cantores, nuestros compañeros que antes alegraban estas soledades, se ha nido, y sólo quedan los voraces cuervos, caranchos y lechuzas para devorar y hartarse con los cadáveres del hambre y de la sequía, que blanquean los campos de osamentas…

Ya no hago más que esperar la hora en que un milagro haga sonar esta campana perdida aquí, sin uso ni dueño, como si ella también aguardase al que ha de redimirla de su silencio e inmovilidad estériles y dolorosos. Veamos, – amigos, hermanos de miserias e infortunios, – si unimos nuestras fuerzas, y sin intenciones ni reservas egoístas, salga lo que saliera, y sea quién fuere el beneficiario, podemos nosotros arrancar la armonía oculta y salvar la tierra de tanta desgracia.

Cuando el Asno suspendió su impensada arenga, el concurso de animales había aumentado en busca del abrigo nocturno, y lo escuchaban con asombro creciente y con avidez del prodigio. Y todos a una voz exclamaron de pronto.

Y bien, ¿qué hacemos? ¡Unámonos y busquemos la manera de hacer resonar la barra!

– ¡Que se haga un martillo de piedra y se golpee en el hierro! – aconsejó un Néstor de la asamblea. Y obedecido al punto, se eligió un canto rodado de granito del pedregal, y atado con tientos al extremo de un grueso cabo de tala, como se enastaban las hachas primitivas, se alzó en lomos de todos al Asno, que empuñó la improvisada maza.

Pasó en ese instante por el valle, por el cielo y la falda de la montaña, un estremecimiento como de emoción religiosa; un resplandor de oro del sol poniente, invisible tras de la inmensa cumbre, bañó toda la escena; y de pronto la luna asomó sobre las lejanas cimas de oriente como anticipada para bendecir la eclosión de la misteriosa música.

El mazazo dio tres veces en la aterida barra, con fe, certeza y vigor; todos cayeron de rodillas ante la suprema y solemne armonía de tres notas, que, semejante a un conjuro de resurrección, transifuró los montes, los valles, los cielos en una epifanía de colores, de nubes y de brisas, augurales de riego, cosechas y bienestar para toda la comarca.

Y el Asno, revestido de esa mística unción con que intervino en los más sacros misterios de la humanidad, aún vibrante con la conmoción de la música inefable, ya a punto de cerrar la noche, pronunció estas sencillas palabras:

-Hermanos: El milagro tan esperado ha venido, al fin, porque hemos olvidado nuestros rencores y hemos unido nuestras almas movidas por una emoción común. El sentido de esta divina música sólo es la realización de la profesía eterna: “siempre que os halles reunidos en mi nombre, mi gracia descenderá sobre vosotros, y la abundancia lloverá sobre los pueblos y las vivencias; y la paz de la tierra nunca más será perturbada”

* Otras fabulas del mismo autor

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