El jacarandá como inspirador de cuentos…

Un jacarandá en el zoo. Gentileza Susana Margassa.

… El bosque de Tarcos*

En pocos días, con la llegada de los primeros calores, las plantas y los árboles florecerán nuevamente. Tendremos una oportunidad más de contemplar la transformación de los jacarandás o tarcos. Esos que con sus flores azul-violeta engalanan las calles y avenidas de nuestra ciudad. Conforme pasen los días el suelo cambiará de color y el observador entrará en una nueva dimensión ¿atemporal?, en la cual el cielo y el horizonte se unirán a sus pies. Esta sensación inspiró a Silvina Ocampo a escribir su cuento “ El bosque de Tarcos”, y dice así:

Inspirado en un grabado de Durero: El Caballero, la Muerte y el Diablo. Los bosques de Alemania, poblados casi exclusivamente de coníferos, cuya resina perfumaba el aire, eran de un verde tan oscuro que, bajo el follaje, el día se transformaba en noche. Sin embargo, esta vez (hará cosa de setecientos años), cuando el caballero, seguido de la Muerte y del Diablo, entró en el bosque, flores violetas cayeron de otros árboles y la transformación operada fue muy distinta: el suelo parecía luminoso como el cielo. Hay colores que acercan y colores que alejan. Ese color violeta daba también a las copas de los árboles una extraña perspectiva: lejanas y brumosas como las montañas que se vislumbran en el horizonte crepuscular, inventaban paisajes. El caballero nunca había visto una vegetación como ésta: precisamente porque le llamaba tanto la atención aquel día, quedó perplejo. En vano la Muerte, con un reloj de arena, acompañaba al caballero: le tomaba de vez en cuando el pulso, como un médico: lo acechaba con una risa que mostraba dientes separados, y a menudo silbaba para llamar al perro, que seguía corriendo. En cierta oportunidad se le cayó el reloj de arena y el caballero diestramente lo recogió con la punta de la lanza. Nadie se inmutó, ni siquiera el Diablo, aunque la arena se derramó como agua por el suelo. La guadaña brillaba más que otras guadañas. El caballero, que era tan presumido como feo, se miró en su extraño espejo. Vio sólo sus ojos, que eran muy parecidos a los de su hijo mayor. “Lástima que no esté aquí”, pensó, tartamudeando en alemán, “se divertiría”. Con lo que le gusta el Diablo. La Muerte, que todo el mundo considera tétrica, es simplemente absurda. Como el Diablo, si uno lo reconoce y lo mira fríamente. Es claro que no todos disponen de la misma muerte. A un amigo mío le tocó una tan bonita que se enamoró de ella. En cuanto al Diablo, bueno, me asombra por lo grotesco. A otras personas les gustará. “Caperucita roja”, enajenado pronunció estas palabras que eran para él meros sonidos, luego dijo:

-Caperucita roja… Se parece un poco a la abuela de Caperucita roja, pero ¿quién era la abuela de Caperucita roja?. Y la misma Caperucita roja (así queda mejor), ¿quién era?. Ningún antepasado mío que yo recuerde. No creo que sea capaz de hacer ni siquiera una diablura, el gua rang oh, ¿qué estoy diciendo?.

El caballero repetía la palabra guarango, mirando al Diablo y prorrumpió en una risa histérica. De pronto ese balbuceante argenismo, que se intercalaba en su idioma natal, le hizo gracia. Habitualmente, el caballero no tenía tiempo para recordar nada, ni a su madre cuando era joven, ni a sus hijos cuando eran chi­cos, ni su primera noche de amor, ni la cantidad de hombres y dra­gones que mató, ni sus hazañas, que eran bastante importantes, ya que le habían dado fama de héroe en algún momento de su vida. Le parecía natural olvidar palabras, y recordar en cambio otras que no conocía, y cuya pronunciación le resultaba un trabalenguas. En todo caso, consideró risible recordar o querer recordar algo tan poco importante como dos o tres palabras que se le escapaban de su léxico. La armadura le pesaba, le molestaba el guantelete, el casco lo hacía transpirar demasiado. De pronto, miró con desconfianza al diablo, pero, al verle la cara de máscara, se le ocurrió mirar a la Muerte, que le pareció, con sus rulos, no menos falaz. Pensó: “¿Estaré poniéndome viejo para sentir tantas incomodidades, tantos recuerdos que, a fuerza de ser lejanos, se me antojan ajenos?. ¿Qué puede importarme el pasado?. Es un hábito de mujeres pensar en el pasado. A veces suceden cosas raras, debo admitirlo. Los hombres como yo pueden tener una sensibilidad femenina: llorar si los pica una avispa, gritar si se les cae un diente o si una basurita se les mete en un ojo. Tal vez hierva de fiebre. La cota de malla y el brazal me ajustan. ¿Estaré hinchado?. Habré dormido bajo la sombra de un molle?, el caballero se corrigió, “molle, no. Molle”. ¿Molle?. ¿Qué diablos quiere decir?. La armadura es una invención diabólica, perturba mis pensamientos. Quisiera quitármela de encima, pero en el bosque no conviene quedar desnudo a merced de los enemigos. Además, desde hace un tiempo, la armadura entera forma parte de mi cuerpo. Bien me dicen que soy un hombre de hierro. Quitarme la coraza o el brazal sería como quitarme el corazón; la cota de malla, los riñones y los pulmones; el casco, aunque nadie lo crea, la cabeza; las grebas, que son tan importantes, las piernas”.

Cruzó un río; el agua salpicó la armadura. De lejos parecía cubierto de joyas. Alguna vez, en la infancia, se bañó desnudo en algún río pero, como la espuma del agua que bajaba de las cascadas, aquel instante se había disuelto dentro del tiempo, de igual modo, no dejando nada, o menos que nada, en su recuerdo. Jamás existió nostalgia dentro del alma de este caballero, y las visiones que se le presentaron aquel día lo conmovieron de tal modo que su rostro adusto palideció notablemente. El Diablo, que era bastante ladino, se rió esta vez con una mueca graciosa y debajo del casco le contó, haciéndole cosquillas, los pelos blancos, que eran apenas cinco o seis. La Muerte se limitó a mover en el aire la guadaña, reflejando sobre los troncos de los árboles intermitentes redondeles de luz.

“Qué extraño me siento”, pensó el caballero. Y en verdad tenía la cara de un señor del siglo XX, sentado en su butaca, frente a un escritorio. Sólo los caballos y el perro mantenían su aspecto paciente y habitual. Cumplían con su deber de animales domésticos.

En el viento, los árboles se agitaban como dentro del agua; los pájaros cantaban de un modo delirante. Qué distintos eran estos cantos de aquellos otros dulces, llenos de variaciones y sabiduría que el caballero había oído siempre en los bosques. Esos cantos que parecían a veces un susurro, un secreto interminable, un sueño casi. Los cantos que escuchaba ahora eran ardientes, bulliciosos, insolentes, insistentes, con repeticiones diabólicas. Un pájaro picoteó el tronco de un árbol hasta romperse la cabeza y caer exánime. Nadie podía escuchar esos cantos dormido, nadie podía dormirse escuchándolos, pero ¿qué le recordaban?. ¿El mundo del heroísmo, las aventuras, las hazañas?. No. No era eso. Aunque el Diablo estuviera mirándolo y la Muerte se le acercara a cada instante, mostrándole sus ojos en el espejo de la guadaña, no podía engañarse. Llegó a un abra en el bosque, cuando se hizo de noche, y pudo ver el cielo entero, al que a menudo contemplaba para aliviarse del cansancio. Le sorprendió no encontrar las estrellas, los astros, las constelaciones de siempre. Vio las tres estrellas juntas. La distancia que las separaba parecía medida por un compás. Un poco más lejos, cuatro estrellas formaban una cruz. Vio bastante más lejos un grupo de siete estrellas. Siguió mirando el cielo, sin comprender por qué habían cambiado de sitio todos aquellos puntos brillantes que él conocía de memoria por el color, por el fulgor, por la disposición y por la forma. Cuando vio la luna se asombró de que fuera igual a siempre. ¿Pero qué le recordaba aquel cielo desconocido?. Pronunció de nuevo, sin quererlo, como los niños pronuncian las primeras sílabas de una palabra, separándola y vacilando: ¡guar ang oh!. ¿Sería la voz de un mundo salvaje? Pronunció la palabra como un insensato.

Se quitó el guantelete y recogió una de esas flores violetas: tenía la forma de una campanilla, vista de cerca era más bien lila y, observándola mejor, los pétalos tenían nervaduras azules. Aquella luz violeta que bajaba del follaje parecía llegar a través del cristal cuyo fondo se diluía. El caballo caminaba por el aire. El caballero no se atrevió a desmontar para beber agua al cruzar el arroyo, porque temió poner el pie en el vacío. El caballo y el perro tampoco bebieron.

Entonces el caballero clavó su mirada en los ojos del Diablo:

-¿Dónde estamos?. No reconozco el bosque, los árboles violetas, los pájaros bulliciosos, el cielo con otras estrellas, las palabras que pronuncio con dificultad. Guarango, por ejemplo. Las palabras me parecieron siempre inútiles. Un gruñido me pareció más elocuente. ¿De dónde viene toda esta confusión?. No me reconozco.

-Yo tampoco -respondió el Diablo-. Estoy como disfrazado.

-No me reconozco a mí misma -murmuró la Muerte-. He perdido mi poder de persuasión. Ahora no sería capaz de hacer morir ni a un piojo.

-Algo raro, sin duda, nos está sucediendo -acotó el caballero, más preocupado.

Pero el Diablo se alejó. Se apoyó contra un árbol. Como si alguien lo estuviera fotografiando, se puso a pensar. Cuando volvió, asustó sólo al caballo y dijo:

-Creer que los hombres recuerdan sólo el pasado es una mala costumbre; creen en los antepasados pero no en los postfuturos. Recuerdan el futuro también, con igual nostalgia, con más inquietud tal vez y levantando el reloj que arrebató a la Muerte, como un actor en una enfática obra de teatro, musitó: El tiempo corre, más bien se derrama, como se derramó la arena del reloj, porque es arbitrario y depende de muchos accidentes y de muchas otras circunstancias fortuitas. Es desmedido y se burla del reloj de arena y del reloj de sol, de la clepsidra y del reloj eléctrico, del despertador, del reloj de bolsillo y de pulsera. Hace muy bien. Yo le regalaría un reloj de juguete. Lo más importante de todo para nosotros es olvidarnos del tiempo y saber que estamos viviendo en el mundo de quien nos mira en este instante. Que todo el mundo vive en cualquier instante en el mundo de quien lo mira, aunque esto me parezca estúpido y totalmente vano y, haciéndole burla al caballero, ladró en atención al perro: Chau, y que sigan lloviendo de los árboles flores violetas.

* Silvina Ocampo

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