El escuerzo y el gato del museo

Gato Su 001De fábulas nativas: Una vez que en un corrillo de animales de la estancia, después de la merienda, se referían casos espeluznantes sobre el veneno y ferocidad del Escuerzo, un lebrel casero, gran conversador, contó muchos en los cuales aparecían animales o personas mordidos por el taido batracio, y en todos había sucedido que fue necesario esperar una tormenta, o que los amos acudiesen con sus armas o con sus hierros candentes a matar el montruo y cauterizar la herida.

–A nimal más bravo ni más terrible nunca se vió – afiró el narrador, – a punto de que en poco tiempo se despobló la comarca, porque muchos murieron y otros la abandonaron por el miedo.

– Cierto, cierto, – agregó el Carnero, – yo también he visto infinidad de casos como los que refiere el Galgo amigo.

– Y yo, y yo, y yo, – siguieron ratificando el Chivo, el Cerdo, el Conejo y otros contertulios: hasta que un Gato doméstico, que marrullaba en un rincón, se decidió a sacudir su pereza, e introducir un grano de duda en aquel festín de afiraciones, que iban conviertiendo al Musuasto en una divinidad maléfica de un poder insuperable.

– Bueno, – interrumpió por fin Misifuz, – todo eso que están diciendo, es pura ilusión y fantasía, creadas por el temor y por la ignorancia. Y cuando lo digo, es porque lo puedo probar.

– Yo, he sido residente en el Museo de Historia Natural, donde el sabio Dr. Carlos Berg, – mi amo muy querido, – deseando estudiar esta cuestión, se llevó dos ejemplares del Escuerzo, con los cuales hizo en otros aniales muchas experiencias y mordeduras, sin que nunca se hubiesen notado los efectos que ustedes señalan.

– Un día, mi patrón tomó uno de ellos en la mano derecha, y después de irritarlo con pinchazos, se hizo morder la izquierda. Tales eran la rabia y los gruidos de la bestia, y el furror con que hincó sus dientes en la ano del director, que tuve iedo y estuve a punto de arrancárselo con is garras. Pero él se sonreía, y con esa gran durlzura con que siempre nos trataba a los empleados y animales del Museo, me dijo:

– Nada temas, querido Misifúz, este bicho no tiene veneno ninguno. Es un rabioso y un gritón, nada más, que explota su fealdad y el miedo y la ignorancia del vulgo para mantener la aureola de su prestigio infernal. Ya lo ves, no me suelta la mano, y apenas me causa un leva escozor con sus afilados dientes.

– que estrao es que nosotros, pobres animales, nos dejermos mistificar por estos smidiosos, cuando entre los hombres, que se llaman seres superiores, inperan a veces por siglos los itos ás horrendos y los tiranos más abominables hasta que una sencilla y a veces causal experiencia, que llega a ser conocida por todos, desvanece y disipa la niebla de los ojos, y el encanto desapardce para siempre.

– Por eso es que yo, desde entonces, – concluyó el arudito Misifuz, – cada vez que aigo a algún tonto alabar, temer o admirar a uno de esos personajes, desde luego lo pongo en duda y en obseración y la verdad nuncha ha dejado de justificar mis precauciones…

Joaquín V. González, 1923

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