El cóndor, cuento de Joaquín V. González

Habitat cóndor

Hábitat característico del cóndor andino Vultur gryphus. Foto gentileza Roberto García

Capítulo XIX de “Mis montañas” escrito originalmente en 1893

Viene ahora a mi memoria -y ¡cómo he de olvidarlo!- el episodio más interesante de mis viajes, el que más hondas sensaciones de la naturaleza ha producido en mi vida, y el último que hice en compañía de mi padre por la montaña consagrada en las tradiciones de la familia. Quiero hablar -ya es tiempo- de esa ave soberana que tiene en las cumbres su vivienda misteriosa, y es como el espíritu errante de esas moles en apariencia mudas, pero que en las soledades de la noche como en las del medio día, semejantes por su solemne silencio, tienen, no obstante, voz y lenguaje, revelaciones y confidencias que el viajero escucha, siente y traduce, sin poder definir el órgano que las exterioriza.

Sí; la montaña tiene un alma sensible difundida entre sus infinitos accidentes; ella da rumor cadencioso y melódico a los árboles; vibración sonora a las aristas agudas de las cimas; repercusión cromática a los ecos fugitivos; resonancia de acorde sagrado al viento que roza la abertura de las cavernas; fragor pavoroso al trueno encerrado en las gargantas impenetrables; profundos y majestuosos tonos a las corrientes subterráneas, que circulan como ríos de sangre precipitados por colosales arterias; dulzura de somnolientes arrullos a los cantos de las aves menores; formas vivientes a las nubes, a las rocas y a sus sombras fugaces; perfume de incienso místico o de profanos paraísos a las flores silvestres: colorido artístico a las laderas, a los bosques y a las brumas que velan los abismos, y efectos fantásticos de escenas de magia a los haces de luna caídos al través del follaje sobre las rocas y los torrentes.

Esto es el alma de la montaña; son las personificaciones que el hombre crea siempre, para dotar de vida a lo inanimado cuando éste tiene la virtud de conmoverle, de despertar los sentimientos y excitar la fantasía. No se puede concebir cómo aquel arrobador conjunto de sonidos y de visiones, no sea la revelación de un algo viviente que anime las rocas, los árboles empinados sobre ellas, los manantiales que surgen de sus cimientos en filtraciones incesantes. Y en verdad, la naturaleza tiene siempre consigo, formando parte de su ser, un signo visible que la personifica, ya sea el hombre autóctono nacido de la piedra, ya un pájaro que ostenta su vigor y su fuerza, ya una flor que guarda su perfume. Las montañas de mi tierra -los Andes- tienen el cóndor, el morador amante de las alturas, el ave inmortal, que por lo secreto de su vida y lo inconocible de sus hábitos domésticos, parece un símbolo indescifrable de la muda pero grandiosa historia de los montes americanos. Él lleva marcada en la pupila la huella de un perenne insomnio, como en un momento de inspiración lo adivinó un poeta nacional, sin haberle contemplado de cerca, y los nerviosos e inquietos movimientos de su cabeza calva, para mirar a las profundidades y a los horizontes lejanos, sugieren la creencia de que algo más que la pesquisa de la presa le preocupa, y puede ser el temor de un acontecimiento presentido, que vendrá de ignoradas regiones, en día incierto y en son de exterminio.

Expongo en estas páginas las impresiones reales que me causó la naturaleza y lo que ellas han elaborado después, lentamente, en mi cerebro; y debo confesar que sentí un extraño temor al aproximarse a los parajes donde el cóndor habita. Veíalo recorrer sereno, con lal grandes alas abiertas, el espacio bañado del sol, describiendo círculos inmensos que parecían no tener un término, como esas parábolas en que circulan los cometas que no han de volver jamás a nuestro cielo; su sombra gigantesca, proyectada desde la altura, rodaba como la de una nube sobre las faldas, los abismos, las cumbres y los valles. Contemplarlo en el fondo azul del firmamento era lanzar, más que los ojos, el pensamiento por la ruta etérea de su vuelo olímpico. Lo he seguido por largo tiempo con la mirada: hallábame sobre una roca, distante de todo objeto que pudiera impedirme la plenitud de la visión, y a la hora en que el sol, oculto por elevada sierra, iluminaba el espacio sin herir la pupila; parecíame hallarme en el mundo del sueño, cuando una quimera vana, con forma de ángel, de mujer, de ave o de llama intangibles, cruza por los espacios mentales, y nosotros nos arrojamos tras ella; persiguiéndola lo mismo que en el mundo real, sin noción de lugar ni de tiempo, hasta desvanecerse, difundirse, ya en la sombra, ya en esas irradiaciones esplendentes que vemos al soñar, y que nos despiertan sobresaltados cual si un globo luminoso hubiese estallado dentro del cráneo. Yo no veía más que el azul inconmensurable, y sobre la tela infinita donde los astros son chispas de fuego, mis ojos, mi pensamiento, mi fantasía, seguían fascinados al ave majestuosa, semejante a una estrella apagada que fuese por última vez surcando el firmamento, para sepultarse en el misterio de las sombras eternas. Por la imperceptible abstracción de mí mismo, absorbido por la idealidad, perdí bien pronto la conciencia de la vida, y era ya un espíritu alado flotante en el vacío, pero fascinado por la visión del pájaro enigmático, viajero infatigable que yo seguía sin saber a dónde, ni darme cuenta de su derrotero ni de su destino. Cuando el punto sombrío se confundió con la tinta azulada del éter, el fenómeno psíquico convirtiose en algo que apenas acierto a definir: sentí como si el ser ideal que vivía por mí, se hubiese diluido también en el vacío, como la luz del día se diluye en la media claridad del crepúsculo, el aroma de las selvas en el aire, o como se apaga la nota musical con las últimas de las oscilaciones de la onda sonora.

Bien pronto las estrellas comenzaron a encenderse en diversos puntos de la esfera, como las luces de un gran templo, sorprendiendo los ojos; empezaron a acallarse los ruidos y a venir ese susurrante silencio del crepúsculo, primero dulcemente, como zumbido de mariposa incorpórea, y después sonoro y límpido, como voces de flautas campestres, de notas interminables, escuchadas a lo lejos en diversas direcciones. El colorido del cielo interior, reflejo del externo, se torna por grados en nebuloso y melancólico, como si entrasen velos finísimos, sembrados también de luces vagas, a apagar los resplandores de la mente; reprodúcese en el alma el crepúsculo del espacio, con sus colores indefinidos; cantos que mueren y murmullos que nacen; ruidos desacordes que se apagan y melodías somnolientas que surgen; paisajes de la montaña cuyos contornos se borran, y cuadros celestes cuyas formas, no bien acentuadas, aparecen en el lienzo obscuro de la noche, más bien como evocación de nuestra fantasía, que no dibujadas en verdad por la luz de las estrellas.

Cuando descendí de mi observatorio rústico, mis compañeros rodeaban la hoguera que alumbra y reconforta, vuelve el vigor al cuerpo y enciende alegría en el espíritu, después de aquellas ásperas y riscosas jornadas por los senderos montañeses. De un lado se levantaba una muralla de ciclópeas masas graníticas y cavidades profundas, rematando en un cono cuyo vértice apenas se advertía en el fondo del cielo sin lana; las llamas, avivadas a menudo, dejábanme ver la puerta irregular de una enorme gruta, que hoy recuerdo semejante a la que daba entrada en el reino doloroso al viajero florentino; sentí al mirarla una vaga impresión de frío en todo mi ser, y volviendo los ojos al lado opuesto, la pendiente tenebrosa, el horizonte estrellado, aun debajo de nosotros, me sugerían la más perfecta ilusión de encontrarnos suspendidos en el espacio.

El arriero de la tropa, un negro de los muchos descendientes de los esclavos del Huaco, refirió después un cuento fantástico, de esos que nunca se olvidan si se oyeron en la niñez, y en los cuales aparecen gigantes, brujas y hadas, habitando cavernas lóbregas, pero en cuyo interior poseen palacios encantados, verdaderos mundos ocultos donde la luz es deslumbrante, las aromas embriagadoras, las músicas de infinita dulzura, las mujeres prodigio de belleza, dotadas de maravilloso poder para transformarse en flores, en humo y en aves de plumajes y cantos desconocidos. A medida que el cuento se acercaba al término, las llamas de la hoguera languidecían; estrechábase el círculo de su reflejo luminoso, y el sueño cerraba mis ojos gradualmente. Recuerdo que las últimas palabras del narrador referían cómo el gigante de su historia, después de encerrar en un cofre de oro la nubecilla en que había convertido a la beldad robada -la hija del rey cercano,- emprendió el camino de la montaña, y sumergiose en la negra boca de la cueva ignorada, en cuyo fondo hallábase su magnífica vivienda, servida por genios que él forjaba, que brotaban del techo, de los … y del aire, pronunciando palabras mágicas… Cerré los ojos, no sin dirigirlos por instinto a la profunda cavidad del muro, donde se rompían las ráfagas con bramidos extraños, como la fiera perseguida que embiste a la cueva, y retrocede rugiendo si ve al perro heroico a la entrada del inexpugnable refugio.

Bien poco duró mi sueño, porque la fatiga de tan violentas sensaciones más bien lo ahuyenta que lo procura; a lo cual se añadía la influencia de la obscuridad con sus vagos terrores y sus voceríos interminables; el frío intenso de ese vientecillo de las noches límpidas de invierno, en que las estrellas brillan sobre el profundo azul como pupilas húmedas de lágrimas nacientes, y en que el rocío se palpa y se congela sobre las rocas, el césped y los árboles, cual si todos hubiesen amanecido llorando por causa de un sueño triste. Vinieron a interesar mi atención unos rumores para mi desconocidos, que llegaban del lado de la gruta: parecía como si en el fondo habitasen gentes de siniestra vida, o seres sobrenaturales que celebrasen asambleas tumultuosas, conferencias a media voz, pláticas entrecortadas, ceremonias de cultos secretos en los cuales desfilasen numerosos concursos al son de cantos graves y roncos, sin modalidades ni gradaciones de notas largas y solemnes, como coro de monjes en un subterráneo, o bien, de súbito representábame la imaginación una Salamanca desconocida de los hombres de la comarca, y esos ruidos eran los ecos lejanos de las fiestas horripilantes de brujas y brujos asquerosos, entremezclados con demonios en vacaciones, concurrentes con permiso del rey del abismo: se oía los estruendos de las danzas grotescas y brutales, se adivinaba los trajes y las actitudes obscenas, las rondas desordenadas, las risotadas estrepitosas, combinadas con una música de sonidos sin resonancia ni vibraciones, como si se tocara para que bailasen condenados a muerte, en el mismo tambor de la ejecución; luego un hondo silencio, y después una ilusión diversa; oíase con claridad casi indudable, palabras de timbre solemne, como de general que diese órdenes terminantes a secas en una avanzada nocturna; chasquidos de alas inmensas que se baten con fuerza para emprender un vuelo precipitado, silbando en seguida al cortar el aire; crujir de huesos roídos por dientes de acero, y aplicando con mayor intensidad el oído, se percibía muy leve, pero distinto, el piar de polluelos que se aprietan debajo del ala materna para abrigarse todos a un tiempo.

Este conjunto y sucesión de imágenes, suscitadas por tan extraños ruidos, fueron de tal manera sobreexcitando mi imaginación, que llegué a sentir verdadero terror, hasta figurarme que esa gruta era realmente la guarida de alguna legión infernal, que deliberase el modo de arrastrarme a sus cuevas inmundas y despedazarme en un festín, en el cual mi sangre sería el licor servido en cráneos de víctimas antiguas. No me atrevía a respirar, por miedo de que al mover mis ropas, advirtiese algún espía de la endemoniada turba mi presencia, y hasta los latidos de mi corazón me parecían repercutir con estrépito en aquella soledad y en esas alturas, donde los ecos son tan susceptibles y fugaces, que no pueden guardar secreto de la caída de una hoja, ni de la levísima inclinación de la flor donde se posa una luciérnaga errante.

Hice un supremo esfuerzo de valor y abrí los ojos. El alba sonrosada dibujábase ya en el horizonte, los astros palidecían, los vapores acuosos del rocío recogíanse en las hondas quebradas, en masas densas coloreadas de casi imperceptible rubor. Sobre el agudo pico de un cerro próximo asomó radiante, como una explosión de luz, el astro de la aurora, el planeta que viene del Oriente derramando torrentes de amor. Volvime ansioso a ver la gruta de los rumores nocturnos, y lo que en ella contemplé, no ha de ser pintado en una frase, porque es un poema de primitiva grandeza, donde lo nuevo, lo virginal y lo sublime hacen que la mirada se suspenda, y el alma se sujete a la contemplación de sus cuadros y escenas sucesivas, impregnadas de solemnidad y de religioso misterio. Era el despertar de la gruta de los cóndores a las primeras claridades del día, y en medio del himno naciente que saluda, en toda la tierra y en todos los climas, la vuelta victoriosa del padre de la vida.

Silencioso y con paso mesurado, pero solemne, un enorme cóndor de plumaje gris obscuro, asomó de la cueva y se detuvo en un ángulo saliente de la roca; movió el cuello para probar sus músculos, abrió las alas en toda su amplitud, desperezándose de la inacción de la noche, y sacudiendo con violencia la cabeza, lanzó un poderoso graznido, que voló a confundirse con los cantos que de todas partes surgían en honor de la mañana. Era el himno informe y rudo de su garganta de acero, entonado en pleno espacio; era el grito de alerta enviado a las cumbres altísimas, escuetas y desoladas, a las nubes que las coronaban aún porque reposaron sobre ellas, a las selvas profundas y a los valles distantes; era la voz del soberano, advirtiéndoles que iba a emprender el viaje cotidiano por encima de todas las alturas, hasta que el sol se ocultase de nuevo tras las cordilleras inaccesibles.

¡Cómo resonó en mi oído aquel eco ronco y fúnebre! Yo pensaba en la atronadora canción que él habría entonado en ese instante a la naturaleza y a los cielos abiertos, si Dios no lo hubiese privado para siempre del supremo poder de la armonía, al dotarlo de la fuerza y darle por dominio lo ilimitado, lo invisible, lo insuperable. Se advierte, en su concentrado y siniestro graznido, la desesperación de esa terrible condena. ¡Ah, cómo repercutieran de cumbre en cumbre el ¡salve! gigantesco a la alborada, desde las solitarias regiones de las nubes; el heráldico anuncio de sus paseos triunfales; el salmo grandioso de su culto al astro que enciende las antorchas del mundo, y el titánico himno de victoria, cuando suspendido como un punto en las alturas, divisa cual una leve sombra las montañas seculares! ¡Y con qué sublimes y proféticos acordes haría a la América la revelación de sus secretos, guardados por tantos siglos, y destinados a perecer con el último vástago de su raza! Él también cantaría sus amores ignorados, transcurridos en el fondo de las grutas al calor del nido, o en la región de las nubes al calor del sol; los sueños de grandeza y los vértigos de lo alto, que lo acosan cuando se cierne, invisible a la tierra, y creyéndose muy cerca de otros mundos…

Largo rato permaneció de pie sobre la aislada piedra, con los ojos fijos en el Oriente por donde el día se acercaba con rapidez. De pronto batió las alas, voló un corto espacio hacia adelante, rozando con las garras las copas de los árboles y las aristas de las rocas, y entonces se remontó vigoroso, de un solo impulso, hasta una inmensa altura, desde la cual emprendió su peregrinación por las desconocidas y remotas rutas del firmamento.

Pero en seguida el cuadro de la gruta se ofrece más animado, más risueño, más gracioso. Empiezan a salir uno a uno, con aire grave y pensativo, los habitadores de la sombría vivienda, hasta formar bien pronto un enjambre movedizo y bullicioso, con sus medias voces de tonos y modulaciones incalificables, retozando a pequeños saltos sobre una ancha terraza de piedra laja, persiguiéndose unos a otros, girando en reducidos círculos, yendo a posarse en una piedra muy próxima, o en la copa de un árbol de la que era fuerza levantarse antes de asentar todo el peso, porque la rama se encorvaba crujiendo; entrelazándose los arqueados picos, los cuellos sin plumas y las garras negras; jugaban como niños, locos de contento, al sentir los primeros tibios rayos del sol de invierno que se levantaba disipando las brumas, mientras dos o tres viejos patriarcas, inmóviles, soñolientos, desvelados, los contemplaban impasibles, como abuelos rodeados de sus nietos, indiferentes en apariencia a los encantos del nuevo día que lentamente volvía el vigor a sus alas entumecidas. Los polluelos salieron también a ensayarse en los primeros ejercicios atléticos; emprendían vuelos cortos seguidos de un cóndor viejo, como para adiestrarlos y protegerlos en cualquier desfallecimiento, y regresaban después a la terraza de la gruta, donde los esperaban otros que a su turno partían a los mismos paseos.

Era el espectáculo de una familia numerosa y feliz, en la cual las ocupaciones se comparten con método y se ejecutan con matemática uniformidad. Luego, cualquier ruido extraño, el relincho de un huanaco asustadizo, el derrumbe de una piedra desquiciada, el grito de un campesino que pastorea su ganado, traen súbita alarma al seno del pintoresco cuadro; todos, menos los chicuelos, toman la fuga por las sendas aéreas, en direcciones distintas, hundiéndose los unos en vuelos oblicuos, en abismos insondables, desapareciendo los más entre las serranías laterales, o perdidos de vista por la distancia.

Desierta quedó la granítica vivienda, y ni un leve ruido salía de sus entrañas. Sentí viva curiosidad de penetrar en ella, y descubrir por mis propios ojos el secreto de aquello que yo creí una guarida de brujas, o un salón subterráneo de la corte universal de Luzbel. Seguido del criado traspasé el dintel, tan alto que no me fue preciso inclinar la cabeza; marchaba sobre un pavimento de grandes rocas encarnadas, y por debajo de una bóveda cuyos troncos y arcos no se derrumbarán sino por el sacudimiento terrestre que derribe la montaña misma; porque el admirable arquitecto que la construyera no hizo más que horadar una mole compacta con el más sutil y poderoso de los instrumentos -el agua – experimentándola con la más irrefutable de las pruebas -los siglos.

A cada palmo que adelantaba, la obscuridad se hacía más profunda, y nuestras voces repercutían con esa resonancia propia de los subterráneos; pero luego fuimos sorprendidos por una claridad que parecía venir de una alta claraboya abierta en la parte superior del cerro: y al llegar adonde el haz de luz hería el fondo de la cueva, miré hacia arriba, y muy alto, a través de la abertura por donde respira el pulmón de la montaña, pude ver el azul del cielo, y algunas aves cruzar por delante de él, como se ven pasar los corpúsculos errantes de la atmósfera por el campo de un telescopio. Reinaba el silencio; ni una respiración, ni un graznido, ni un murmullo que denunciasen la presencia de seres animados. Los cóndores habitadores de la caverna la habían abandonado, para volver a la noche a ocupar sus nidos cavados en el granito por las filtraciones incesantes, o por las férreas garras en alguna blanda masa de greda o arcilla; y también, formado de ramas de árboles de la comarca, en la época de los amores, cuando todas las aves circulan por el espacio llevando en los picos gajitos secos, manojos de paja mullida y amarillenta, hojarasca desprendida por el viento, para preparar los lechos de las futuras madres, y al mismo tiempo las cunas en que han de abrigar a sus pequeñuelos. Hacia arriba la gruta se extendía en graderías imperfectas pero practicables, y en los muros veíase amplias cornisas, nichos de imágenes ausentes, hendeduras y cavidades que parecían otras tantas grutas laterales, cuyos fondos quedarán ignorados para siempre de los hombres.

A la media luz de la inaccesible boca de la cueva, vi lo que puede llamarse el nido del cóndor: y en verdad, invitan a la reflexión más grave, la rígida desnudez y la pobreza estoica del lecho en que descansa de sus viajes imponderables el rey del mundo alado de América. Él impera sobre las cumbres, domina las más altas tempestades, asiste a los ventisqueros aterradores y a las erupciones volcánicas; preside a la formación de las nieves en la nube y en la roca, lucha victorioso con las más bravas corrientes atmosféricas, rompiéndolas con el borde de las alas, sin alterar la serena majestad de su vuelo; sacrifica para su alimento multitud de seres vivientes, y conoce tesoros ocultos por los cuales la humanidad promovería guerras exterminadoras: y no obstante, su vivienda es una gruta fría y desnuda, que el viento azota, el rayo calcina y la lluvia anega; su nido es el hueco de la piedra donde rara vez descansa su cuerpo, manteniéndose de pie, cubierto con su propio plumaje, cuando no pasa las noches a la intemperie, solo como un espíritu maldito, sobre la última roca de una cima ennegrecida por el rayo contemplando el eterno y mudo rodar de los mundos luminosos, y a sus pies la sombra de la tierra, inmensa y difusa como el vacío en que resonó por vez primera la palabra de Dios. Problema impenetrable es ese, sin duda: la vanidad de nuestra miserable naturaleza humana no se sacia jamás de poderío, de esplendores y de fugitivas grandezas terrenales, mientras hay seres que repudiando lo que ella adora, insomnes eternos del pensamiento y de la hermosura, luchan sin reposo contra las leyes de la vida, con la única esperanza de alcanzar la región de la luz sempiterna, de la contemplación infinita de la belleza originaria e imperecedera!

Sí; el cóndor es un ave simbólica, de esas en cuyas formas y hábitos los pueblos sintetizan los más altos ideales; el fénix mitológico era la encarnación de un estado del espíritu; el águila representa otra tendencia del alma humana; el cóndor, hijo de la América, tan antiguo por lo menos como su edad histórica, es la más alta, la más grandiosa representación de sus destinos en la vida y de los caracteres predominantes de su naturaleza; y limitando la extensión de la idea, puede decirse que él sería un emblema perfecto de las inteligencias superiores, de los que iluminan la marcha de la historia desde las alturas del pensamiento puro, libre, impecable, que no abandona la órbita invisible pero real en la cual ejercita su fuerza increada, y desde la cual envía a los hombres, en forma de creaciones y de dogmas, las verdades sucesivas, arrancadas de misteriosas y primitivas fuentes.

¿Dónde están esos focos de luz, que de tiempo en tiempo, de siglo en siglo envían a la humanidad sus rayos salvadores, encendidos como fanales para alumbrar senderos desconocidos, en la tiniebla donde se descamina y desorienta conturbada y desviada de los caminos rectos? ¿Por qué cada uno de los que constituyen la peregrina grey de Adán no ve la misma antorcha, ni oye la misma voz, ni siente la misma inspiración en medio de la selva obscura? Cuando el hombre, el pueblo, la multitud de los pueblos vagan extraviados en el desierto de las pasiones, de los errores o de los instintos rebelados, enciéndese una nube en el Sinaí, y hablan los relámpagos con la voz del trueno, levántanse las miradas a la cumbre, y una sublime visión, un hombre anciano como la sabiduría, enseña los ígneos caracteres reveladores del misterio que perturba los sentidos, los afectos, las inteligencias. Avanza en filas ordenadas y al son de cantos marciales por la ruta abierta, durante otros siglos, y la intrincada selva cierra nuevamente el paso, y los gritos de desesperación y de angustias llegan a las alturas envueltos en densas sombras. Pero arde de súbito el incendio; al resplandor de las llamas que iluminan espacio aparece una mano fulgurante, señalando el derrotero, y se oye una palabra profética: los pueblos la escuchan, la obedecen y resuenan de nuevo los himnos marciales. Pero los que no alzaron la cabeza para contemplar la nube encendida por el rayo, ni la aparición celeste al rojo fulgor de la hoguera, quedaron aprisionados para siempre entre las zarzas y las breñas del bosque tenebroso; y ya no repercuten sus gritos de dolor o de furia, ni se despejan las nieblas, ni voz alguna les habla desde el firmamento.

La historia es una inmensa llanura donde alternan a vastos intervalos los desiertos inconmensurables con los oasis regeneradores, los laberintos sin salida con los valles de verdor eterno y corrientes de cristal, y la raza humana, viajera sin reposo, no tiene otros guías que los astros, las cumbres, los relámpagos y los incendios, pero siempre la luz y las alturas. Por eso los pueblos que se salvan, marchan con la mirada fija en las cimas y el pensamiento en el ideal, y en todos los tiempos hicieron de las grandes aves emblema de ese instinto, de ese anhelo insaciable de lo alto, de lo desconocido, de lo sobrenatural. ¡Oh, si mi patria no olvidase que hacia el occidente se levantan las cumbres más elevadas de América, y que más arriba de ellas tiene su región soberana el cóndor de los Andes; que por ellas cruzaron las legiones heroicas de otro tiempo, llevando una gran luz como signo de redención y un pensamiento como arma invencible con cuánta claridad aparecería sobre el fondo azul del firmamento la visión del porvenir, que en vano busca hoy en horizontes nebulosos e indecisos! Allí, sin apartarse nunca de sus montañas amadas, el cóndor espera sin cesar, inquieto, silencioso, ora perdiéndose en alturas infinitas para divisar más lejos, ora emprendiendo viajes a regiones remotas, la hora de entonar su primero y último canto, el canto de la gloria, levantando entre su corvo pico hasta los astros un jirón de esa bandera que tiene el azul de su cielo y la nieve de sus cumbres, para ungirla con luz de sol a la vista de dos mares!

Desierta está la guarida de los cóndores; el esplendor del día los seduce; la ignota ley de su destino los impele a errar por los aires, y a ellos se lanzan todos, dispersos, sin más consigna que escudriñar lo recóndito y emplear la potente garra para alimentar, fortalecer y prolongar la vida. La madre asiste a los hijos jóvenes en los trances peligrosos, vuela lo que ellos pueden volar, y cuando los rinde la fatiga, reposan sobre una roca, para emprender de nuevo la peregrinación. Muchas veces, no obstante, se los ve revolotear en enjambre a grandes alturas, en círculos concéntricos, alrededor de un solo punto, y sin que su ronda parezca tener fin; todos miran hacia la tierra, al fondo de un valle o al interior de una selva. ¿Quién ha tocado la llamada que los congrega desde tan remotas distancias? Uno de ellos olfateó o divisó la presa al pasar, y levantándose a enorme altura, para que lo vieran los más lejanos, comenzó a girar sobre aquel paraje, donde una víctima olvidada del cazador, la mula viajera caída de cansancio, o la cría abandonada al nacer, por el ganado o el rebaño, ofrecen alimento a todos los cóndores de la comarca. Aquella es la señal convenida de reunión, y uno a uno van llegando y siguiendo al primero en sus círculos interminables, hasta hacer imposible contar el número, y hasta nublar levemente el sol, como una negra tela que el viento removiese sin cesar; y parecen acometidos de vértigos, ebrios de dar vuelta por la misma órbita; la vista se fatiga en vano siguiéndolos, porque ninguno desciende al plano mientras un vago peligro, la presencia de un observador, un viajero que costea a lo lejos una falda del monte, una nubecilla de humo que anuncia vivienda humana, les advierten que el festín va a ser interrumpido, o que tal vez ha mediado el ardid del hombre para darles caza.

He observado mil veces esta escena, ya durante mis viajes, ya desde el viejo corredor de un rancho de la hacienda, perdido entre los valles de la montaña, o entre las rocas de una ladera pastosa. Mas quiero situarme en lugar solitario para transmitir lo primitivo, lo salvaje, lo grandioso. El día se ausentaba, y el enjambre de los cóndores, seguía girando con la misma estoica serenidad en remolinos innumerables; repercute de súbito el eco de un ruido extraño, que las ráfagas conducen de muy lejos, el relincho del potro indómito que pace y retoza en sitio distante, o una piedra que se desquicia y se estrella con estrépito detrás de un cerro vecino, y se ve entonces a uno de los buitres desprenderse solo de la ronda, y volar hasta el punto donde resonaron el relincho o el derrumbe, volviendo en seguida a continuar la gira. Si durante el día no han desaparecido sus temores, no abandonarán la región, aunque la noche los sorprenda; antes bien, la esperan, porque a su amparo, y cuando todo descansa, ellos descenderán al fin a gozar tranquilos de la ansiada cena, en la cual la res exánime se rodea y se cubre de aquellos voraces y silenciosos convidados, que la desgarran, la mutilan, la descuartizan, la desmenuzan, arrancándole jirones de carne, abriéndole el vientre con sus cuádruples puñales, que luego son garfios para extraer cada uno una víscera: el corazón desprendido de sus profundas raíces; el hígado chorreando sangre negra; los intestinos dispersos o enredados como cuerdas entre aquel laberinto de plumosas y calludas patas, que se los disputan, estirándolos para cortarlos en pedazos. Allá uno ha enterrado sus férreos ganchos en la cuenca del ojo inmóvil de la víctima, y apoyado en la pata izquierda tira con fuerza hercúlea; óyese un seco estridor de fibras y músculos que se rompen, y el corvo pico rasga después la suplicante pupila.

El cuadro se desarrolla en un rincón tenebroso de la selva; la hambrienta banda ejecuta la fúnebre tarea, sin darse reposo; sólo desprenden del conjunto los fatigosos resoplidos le la horrible y trágica faena, y de tiempo en tiempo gruñen y graznan, ahogados por los trozos engullidos a prisa, para volver más pronto a renovar la ración sangrienta. Cuando ya no queda sino el desnudo esqueleto, y en torno suyo los grumos de Sangre amasados en el polvo, formando un charco infecto y nauseabundo; cuando cada comensal se aparta de la mesa por sentirse harto, o porque antes se agotara la provisión, empiezan a levantarse, como a escondidas, volando a las rocas próximas, donde limpian los picos frotándolos como cuchillos contra la piedra. Entonces comienza a adormecerlos ese vago sopor de las digestiones lentas, encogen el cuello, hunden la cabeza entre los arcos superiores de las alas, y por breves instantes se cierran esos rugosos párpados que por tanto tiempo no se juntaron, ni en las deslumbrantes irradiaciones de los soles estivales, ni en las tinieblas de las noches pasadas de centinelas sobre las cimas estremecidas por el trueno o por las convulsiones internas… Después, un gigantesco rumor de alas que azotan el aire y las ramas en medio del abismo, y a desparramarse de nuevo más arriba de los altos dorsos de piedra, en el espacio estrellado, por donde sus sombras se desbandan como nubes de tormenta que el viento dispersa de súbito. Ya pagó su tributo a la miseria de la carne el señor ideal de las etéreas comarcas; el misterio, la obscuridad, velaron el acto salvaje, el momento prosaico del rey de los dominios inmensurables de la luz!

Para apresar a este osado ocupante de la hacienda ajena, sólo en virtud de ese derecho inventado por los fuertes y los poderosos, el hombre ha debido recurrir a la astucia y al veneno, porque se siente incapaz de perseguirlo en su vuelo, y porque sólo así la humanidad ha podido vencer a los grandes rebeldes a sus leyes y a sus dogmas. Yo he visto también al indomable cóndor caer en manos del campesino montañés. Cuando, conduciendo el ganado por los desfiladeros y las agudas cuchillas de los montes, alguna res se derrumba y queda entregada a la voracidad de las aves carniceras, él espera la noche para tender la celada a los convidados del banquete próximo, que ya se ciernen sobre la víctima a alturas increíbles, para descender sobre ella en el silencio de las sombras; impregna de mortífero ungüento la carne muerta, y escondido a larga distancia, dentro de una piedra socavada por las aguas, o en paraje cerrado por tupidas e impenetrables ramas, aguarda la catástrofe. El hambre congrega a la negra multitud sobre la presa; comen, engullen, devoran con ansia, con desesperación e inquietud por marcharse pronto, y con la avidez de una prolongada abstinencia; y cuando llega el instante de emprender la fuga de sospechados peligros, sienten que sus alas no tienen vigor, que los músculos potentes que los agitan y los sostienen sobre los vientos y las calmas de la atmósfera se vuelven flácidos y débiles, y ya no pueden siquiera levantar el peso de las plumas que los visten; desmayo, aniquilamiento, agonía, invaden sus cuerpos antes invulnerables; se esfuerzan por huir, y se revuelcan como ebrios; abren los picos, untados aún en el cebo de la carne, y los resoplidos de la angustia resuenan ahogados, pavorosos, horribles; uno tras otro, en confusión, lanzando postreros graznidos que retuercen el alma y erizan el cabello, van cayendo en espantosa lucha con la muerte, mordiendo la tierra con ira satánica, azotándola con aletazos feroces, rasgándola en hondos surcos con sus garfios acerados, como queriendo arrancarle las entrañas, hasta que, por último, después de un estertor de intraducible resonancia, abandonan su cuerpo al polvo, extienden el rugoso cuello, y abriendo en toda su extensión las gigantescas alas, expiran…

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