El puma y el tapir: relato histórico de Martín Dobrizhoffer

Puma, Felix concolor. Tapir, Tapirus terrestris

Puma y Tapir. Fragmentos de láminas dibujadas por Florián Paucke en el siglo XVIII.

Datos biográficos de Martín Dobrizhoffer: El puma: Los leones* paracuarios son indignos de este nombre tan temible, porque no se igualan con los leones africanos ni en la forma ni tamaño ni en sus demás cualidades. Jamás lo emprenden con caballos, vacunos y gentes, únicamente los terneros, potrillos y ovejas son objeto de su ansia devoradora. Sobre los leones paracuarios recae el viejo refrán de los Españoles: “No es tan bravo el león como lo pintan”. Su carne apenas puede distinguirse de la carne de vaca, por lo cual los Españoles e Indios la comen con avidez. Su cuero es amarillo oro y por intervalos blancuzco; su cabeza es grande y redonda; su nuca carnosa; sus ojos brillan inquietos y su bigote velloso consiste en pelos largos y finos cual cerdas. Yo mismo les he tocado con mi mano. Óigase en qué ocasión. Los cuidadores de las estancias, españoles e indios, colocan sobre postes en los corrales del ganado, las cabezas de los tigres y leones muertos por ellos, como trofeo o testimonio de su vigilancia y valentía más o menos como en los lugares de ajusticiamiento se fijan en la horca las cabezas y manos de los malhechores.

Una vez en una estancia, subí al cerco, revisé una por una las cabezas de los tigres y leones de las que hay allí siempre una gran cantidad, observé sus ojos, orejas, dientes y arranqué diversos pelos de los bigotes de los tigres los cuales, en la raíz eran gruesos y elásticos como un alambre. Por largo rato me detuve para admirarlos y los llevé a casa para mostrarlos a unos compañeros recién llegados. No comprendo porqué los Abipones no crían los leoncitos mientras tanto se deleitan con tigrecitos, si bien un placer de esa clase siempre está unido con un peligro. Chicos aún testimonian su innata ferocidad y atacan con sus dientes a cuantos se les acercan especialmente cuando el calor solar hace hervir su sangre. Hubo quien arrancó a un tigrecito los dientes y garras para que no pudiera hacer daños pero aún así huérfano de armas atropellaba niños y terneros y sin duda los hubiera muerto o ahogado si algunos defensores no hubieran acudido en su socorro. Para que con el aumento de edad no aumentara su ferocidad, hubo que poner fin a su vida mediante un tiro.

El Tapir*: Por las selvas más profundas hacia el norte vaga el alce que se llama en latín alce, en español anta y la gran bestia, en italiano dante, en francés élan, en guaraní Mborevi y en abipón Alalek, en alemán Elendthier. Esta, asemeja en tamaño a un burro desarrollado y en cuanto a la cabeza, ojos y patas a un cerdo. Tiene orejas cortas enhiestas hacia el frente, dientes muy afilados y una boca de ternero cuyo labio superior tiene aspecto de trompa. Cuando se enoja, suelen tender hacia adelante este labio. Sus patas delanteras se hienden en dos uñas huecas, las posteriores en tres. Un pequeño apéndice liso y pelado representa la cola. El cuero del anta es pardo obscuro y sumamente grueso. Por esto los Españoles y Abipones lo secan al aire y se hacen con él unas corazas que resisten a las flechas y los sablazos pero no resisten a las lanzas ni a las balas.

Este animal huye a la vista del hombre aunque posee una fuerza tan grande que, cuando se le echa el lazo de cuero, arrastra consigo al jinete y caballo. De día duerme casi de continuo y solo durante la noche vaga por entre los bosques en busca de su alimento. Cuando anda así por entre el boscaje, quiebra las ramas con mucho estrépito y denunciando su presencia. Una vez he seguido armado con mi fusil durante un rato a tal bestia, cuando ésta regresaba de su aguada bajo el crepúsculo, pero me fue imposible alcanzarla porque a causa del suelo pantanoso no pude avanzar. Los indios habitantes de las selvas forman unas trampas con palos o se esconden entre un matorral, imitan muy hábilmente su voz y, cuando éstas acuden, las matan a flechazos. Los naturales se alimentan diariamente con su carne que comen ya sea fresca o la resecan al aire aunque luego, a causa de su dureza, no es muy sabrosa. Pegado al estómago, como receptáculo de la comida, tienen las antas una bolsa dentro del cual se han hallado con mucha frecuencia varias piedras de bezoares. Estos bezoares no son más grandes que una avellana, ni alargadas ni ovales, sino poligonales y de color plomizo o gris ceniza. Los médicos los consideran mejores y de mayor eficiencia curativa que los provenientes de otros animales. Arapotiyu, el adolescente Indio al cual, junto con otros, he conducido a S. Joaquín desde los bosques Mbaeverá (los naturales los llaman Mborebiretá, la patria de las antas), me ha ofrecido una gran cantidad de semejantes piedras de bezoares. Toma, Pater – dijo – estas piedras saludables provienen de las antas que yo mismo he matado.

Cuando yo le pregunté sobre la virtud de estas piedras y cómo las usaban ellos en los bosques, me respondió: En cuanto notamos en alguna parte de nuestro cuerpo una inflamación, calentamos estas piedritas sobre el fuego y friccionamos con ellas nuestros miembros. Esto nos sana siempre.

Los entendidos en la medicina deben juzgar este uso de las piedras bezoares, pues yo confieso no haberlas usado en mi vida. Los Españoles estiman altamente estas piedras como amuletos de salud contra el aire maligno. Se dice que se venden también en Europa en las farmacias para diversos usos medicinales, especialmente para la epilepsia, las viruelas y escarlatina, como informa Woyts en su Almacén Medico-físico. Él relata también junto con otros o por informes de otros que las antas son acometidas frecuentemente por la epilepsia y que, para mitigarse el dolor se rascan con las uñas de la pata trasera la oreja izquierda. En alemán e llama Elendthier, bestia miserable, a causa de la epilepsia a que está expuesta. Los que han propalado primero estos cuentos sabrán sin son ciertos o no. Los antiguos alemanes la llamaban Elck, conforme con la griega άλχή o la latina alx o alce. Yo sabía por todos los historiadores que las antas en las regiones nórdicas europeas tienen cornamenta, pero como no los tienen las de Paracuaria, como yo mismo he visto, nació en mí la duda si éstas no se diferencian de las otras en el género y se asemejan únicamente en la similitud del nombre. Yo encuentro muy extraño lo que Julio Cesar en el sexto libro del Bello gállico ha escrito sobre el alce: Hay también allí – dice cuando habla de los animales exóticos – animales de la clase que se llaman alces. Se asemejan bastante a las cabras fuera de que son más grandes y tienen cuernos mochos.

Esto es tan inaudito como increíble porque contradice completamente al testimonio de los otros autores. Yo no puedo imaginarme que Julio César haya visto un anta ni siquiera de lejos si él las indica parecidas a las cabras. Tal vez se ha dejado engañar por vagos rumores o tal vez las operaciones bélicas han atraído tanto su atención que ni quiso ver ni pudo contemplar estos animales en la Alemania tan guerrera de entonces. Cuando él vino a nuestra patria, se preocupaba únicamente por humillar los pueblos que se le habían opuesto y someterlos bajo su dominio. La figura exterior de las fieras no le preocupaba mucho. Por esto no es extraño que él se haya equivocado tanto en la descripción de estas antas como en otras cosas de no menor interés. Yo no osaría contradecir a tan gran general e historiador, si en el Suetonio Tranquilo, en la edición de Jorge Grotius, no me hubiera llamado la atención en la vida de Julio Cesar las siguientes palabras: “Pollio Asinius parum diligenter, parumque integra veritate a caesare compositos putat: cum Caesar pleraque, et queper alios erant gesta, temere crediderit. et quaepers se, vel consulto, vel etiam memoria lapsus, perperam ediderit: Existimatque rescripturum, et correcturum fuisse “etc”. Tal era la opinión de Pollio Asinus, el familiar del emperador Augusto, muy alabado por Quintiliano acerca de la historia de Cesar. Tampoco soy de la opinión de los que llaman a las antas unos equiciervos y de ahí unos híbridos como procreados por un ciervo y una yegua. Esto no puede ni siquiera imaginarse acerca de las antas paracuarias, porque ellas habitan las selvas más intransitables y donde no sólo no existen ciervos y equinos sino donde tal vez no ha llegado ninguno de ambos. Las antas no hallarían por cien leguas alguna llanura donde pudieran encontrarse con ciervos y caballos. De cualquier modo yo creo que en este caso debe prestarse fe a los que en nuestro tiempo se han dedicado debidamente al estudio de la historia natural.

* Referencias:

Puma: Felix concolor

Tapir, Mborevi o Anta: Tapirus terrestris.

Texto modernizado tomado de “Historia de los Abipones”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: